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WW: Capítulo 1, sí, necesitaba un cambio 22/12/2008

En algún lugar del Soho neoyorkino...


No me gusta el olor de las salas de espera, lo admito, pero esta olía rematadamente mal. ¡Puagh! Para colmo estaba a rebosar y las revistas estaban caducadas. Muy caducadas. Aún así no creáis que estaba cabreado. Todo lo contrario, era viernes y estaba lo suficientemente borracho para mirar descaradamente a la rubia del suéter granate que tenía justo delante de mí.


Empezaba a preguntarme como un escultural cuerpo de metro noventa podía sostenerse sobre aquellos delgados tobillos cuando…

    • ¿Christoph Walnuts?
    • Sí.
    • El Doctor Baumann le está esperando.

El Dr. Baumann es el típico cretino al que no le interesa nada de lo que tengas que decir. El que no se ríe con tus chistes cuando estás nervioso y el que tiene un bigote tan grande como el pubis de tu primera novia. Y también era el tipo que me tenía que cambiar el rostro.


“Reconstrucción maxilofacial completa con numerosos injertos de queratina y botox. No voy a engañarle, señor Walnuts, no le va a doler, pero parecerse a su hermano le va a resultar terriblemente caro”. El cabrón parecía disfrutar con cada palabra. “El martes a las nueve de  la mañana tenemos una cita. Traiga el dinero y por favor, procure venir sobrio”.

WW: Capítulo 2, razonamientos de domingo 05/01/2009

Castillo Belvedere, Central Park. NY.


Supongo que os estaréis preguntando qué le lleva a un tipo a gastarse cinco mil dólares en  cambiarse el rostro para parecerse a su hermano. Puedo deciros que no voy a suplantar su vida para vengar su truculenta muerte. No, William Walnuts está vivo, bastante vivo. Ni siquiera voy a suplantar su vida para poder tirarme a mi cuñada (aunque no niego que la sola idea de acostarme con Julie me pone a cien). Todo es mucho más sencillo. Se trata de… dinero. Sucio y atractivo dinero.


Mi hermano William vive en pleno centro de Manhattan, en un ático entre la séptima y la treinta. Doscientos cincuenta metros cuadrados al servicio del lujo, el placer y eso que denomináis ‘arte contemporáneo’. Primero de su promoción de derecho en Harvard, dos masters en Yale, posee uno de los cincuenta mayores imperios empresariales de Estados Unidos. Es lo que aquí denominamos un ‘Self-Made Man’, es decir, un hijo de puta muy listo.


¿Os suena el nombre de “Cosméticos Clownuts”? ¿No? Mirad la cara de vuestros difuntos parientes más cercanos y os haréis una ligera idea. Según las últimas estadísticas, alrededor del 82% de los muertos de este país están maquillados con los productos de la compañía. Sí, son muchos muertos, y eso es muchísimo dinero, creedme. Maquillaje realmente duradero, los mejores productos del mercado. Mi hermano ha creado una empresa líder en su sector (joder, y yo le resolvía sus problemas de algebra).


Creo que ha llegado el momento de cobrarme algunos de esos favores, y por eso tengo un plan. Un elaboradísimo plan que ideé una lluviosa noche de noviembre en aquel pub irlandés del Lower East Side. No sé si fue esa quinta pinta de Guiness o el doloroso impacto de aquel taco de billar en mi costado lo que me abrió los ojos. Por suerte, ese gordo y maloliente camarero tenía un papel y un bolígrafo a mano. Dejármelo es lo mínimo que podía hacer por mí tras haberme roto una costilla.

Adoro las mañanas de domingo en Central Park. Los gritos, la gente, el sonido de los bates golpeando las pelotas, el ‘ring-ring’ de las bicicletas, los ladridos… Y a pesar de todo, la calma, la paz, el relax. Tengo dos días para conseguir el dinero de la operación, es cierto, pero estoy esperando a alguien. Apuro el cappuccino mientras repaso mentalmente mi discurso. Estoy nervioso, y no es culpa de este brebaje del Starbucks. Es la última persona a quién debería pedirle el dinero, pero la primera en mi lista.

    • Christoph, ¿desde cuándo bebes esa porquería?

 

WW: Capítulo 3, esta cita me resulta algo familiar 12/01/2009

    • ¡¿7.000 dólares?!

Vale. Pensaba pedirle cinco, pero luego pensé en los carnets, los gastos de la huída y… bueno, hoy quiero almorzar en un buen restaurante del centro. De todas maneras, su expresión no iba a ser muy distinta. Por suerte estoy bastante familiarizado con la cara de cabreo de William.

    • Joder, imaginaba que no me habías llamado para hablar de los viejos tiempos o para preguntar por la salud de papá. Incluso había imaginado que me pedirías trabajo o algo de dinero como la última vez, pero… ¿tanto?
    • Ya te lo he dicho, debo algo de pasta a alguna gente que no me tiene mucho cariño. Y luego están los Knicks, ¿quién iba a pensar que ganarían a los Lakers?
    • Lo habías dejado. Y mamá se lo creyó…

Es más fácil preparar un soufflé de mentiras si se adereza con la cantidad justa de verdades. Siempre había tenido enemigos, es cierto (y los de ahora no se conformaban con quitarme el dinero del almuerzo), pero todavía no tenía cabezas de caballo en mi cama. Y los Knicks… ¡Ah, los Knicks! Ese atajo de inútiles me ha hecho perder más dinero que mi viejo Chevelle del 68. Aún así, es muy divertido jugar a las apuestas con ellos. No hay duda, este soufflé está listo para ser horneado.

    • Vamos William, eres el puto presidente de Cosméticos Clownuts. Además, tengo un asuntillo entre manos que me permitirá devolverte el dinero en menos de un mes. Mamá lo hubiera hecho (esta cara la aprendí en aquella obra de cuarto curso. ¿Era ‘Cuento de Navidad’?).
    • Tienes quince días, ni uno más ni uno menos. Esta vez no voy a tolerar que te sigas riendo de todos nosotros. Y no vuelvas a mencionarla, ¿me oyes?
    • Te devolveré hasta el último centavo y no volveréis a saber de mí. Incluso puede que te compre un chándal más bonito que ese que llevas (no me resultará muy difícil).
    • Llegué a creérmelo la última vez que lo dijiste. Pero ocho meses después estoy volviendo a ver tu maldita cara. Y lo peor es que mamá también se lo creyó.

Altos ejecutivos. Sólo esta clase de tipos es capaz de salir a correr con un chándal horrible y una chequera en el bolsillo. ¿Qué se llevarán al baño? ¿Contratos?

    • Gracias Billy. Por cierto, ¿cómo está Julie?
    • Quince días. A partir de mañana (trrrrash!).

Y así es como el señor William Walnuts se acaba de autofinanciar un clon sin saberlo. No hay abrazo, ni siquiera un tenso apretón de manos. Él vuelve a su jogging matutino y yo a quedarme en compañía de la incertidumbre. ¿Me gustará la langosta?

WW: Capítulo 4, compras de última hora 19/01/2009

Llevo diez minutos parado en esta esquina de la 111, en pleno corazón de Harlem. Un barrio eminentemente afroamericano en el que mi culito blanco no acaba de sentirse cómodo. No sé si serán las miradas aviesas, los cuchicheos o el empujón que acabo de recibir por parte del primo de Shaquille O’Neal (acompañado de un amenazador “Be careful in New York City”). No estaría aquí si no necesitara esa documentación falsa. ¿Vamos Cheng, dónde coño te metes?

Me pregunto qué hace un oriental como él viviendo en un barrio como Harlem. Está claro que pasar desapercibido no. Cheng Kwong Sang (Guangzhow, 1978) es muy conocido en el underground neoyorkino por ser un especialista en todo tipo de falsificaciones. Puedes pedirle casi cualquier cosa. Sus tarifas son altas, es cierto, pero es que los resultados son excepcionales. La policía me ha parado más de una vez y nunca sospecharon de mi permiso de conducir. Por desgracia, la peste etílica que suele emanar de mi boca no se les pasa por alto. Los carnets se te dan bien, pero mi aliento es más jodido, ¿eh?

¡Brrriiiip, brrrrriiiiiiip!

    • (Quién…)
    • Soy Cheng.
    • Cabronazo, ¿dónde te…?
    • Escucha atentamente. ¿Ves la papelera bajo el cartel de ‘se alquilan habitaciones’? Deja el dinero ahí y zanjaremos el asunto. Como siempre, no me importa para qué lo necesitas, pero nada de nombres. Dinero - papelera - discreción.
    • Sí, pero… ¿y lo mío?
    • Lo tienes en el bolsillo. No puedo hablar mucho más. Date prisa (cranck).

Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y, efectivamente, ahí está todo. Me quedo en blanco un par de segundos y luego recuerdo al primo de Shaquille. Entonces me río nerviosamente. Camino con cierta premura y arrojo el fajo de dólares con total normalidad, como si me dedicase a tirar billetes a la basura habitualmente (en el sentido más literal de la expresión).

Cuando llego a casa son las cuatro de la tarde. Es pronto y no puedo dejar de pensar en que es el último día en la vida de Christoph Walnuts. Debería celebrarlo. Quizá vaya a ese bar de Queens a emborracharme. Sí, y cuando esté lo suficientemente puesto, voy a follar con la chica más guapa del local. Y no pienso pagarla. Eso haré.

Vale, creo que una mierda de vida merece algo más que alcohol, drogas y un rápido polvo de medianoche. Pero como ya habéis podido comprobar no soy muy bueno haciendo planes (a no ser que me rompan un par de costillas, claro), así que me acojo a la celebración número uno.

Ya en Lilly´s la intervención de mañana monopoliza mis pensamientos. Estas cosas me asustan. Me ocurre desde pequeño, desde mi traumática operación de fimosis. Pero no hay marcha atrás. Esta vez no.

    • Camarero, otro whisky doble. El doble que el anterior, por favor…

WW: Capítulo 5, batas, bisturíes y un sádico doctor 26/01/2009

Quirófano Cher. Clínica del Dr. Baumann, NY.


Un absurdo camisón, las enfermeras más feas que haya visto en mi vida y una incomodísima mesa de operaciones. Me pica todo el cuerpo. Sudo y el aliento del doctor huele como mi inodoro un sábado por la mañana. ¿O soy yo?

    • Señor Walnuts, la intervención durará aproximadamente tres horas. Transcurrido ese tiempo usted tendrá un nuevo rostro y con suerte habrá desaparecido este pestazo a whisky. Después, y con el dinero ya en mi bolsillo, confío en no volver a verle en mi vida. Ahora si es tan amable de contar desde diez hacia atrás conmigo… Son diez, nueve, ocho…
    • (Cabrón) Diez, nueve, ocho, sie…

* * * * * * * * * Dos horas y cuarenta y ocho minutos más tarde * * * * * * * * *

    • Christoph, ¿puede oírme?
    • Noh ssoy Christ#~%, soy Will&@m...
    • Hable sólo lo imprescindible, ¿de acuerdo? Cuanto menos mueva los músculos de la cara mejor para las cicatrices. No se toque ni se lave la cara y espere un par de días para quitarse los vendajes. Tómese estas pastillas dos veces al día. En una semana bajará la hinchazón y su rostro recobrará una apariencia normal. Creo que eso es todo. ¿Mi dinero?
    • Shhh…eRRvcio, neceshhit…

Sé que esto no le hace ningún bien a mi posoperatorio, pero me estoy riendo a carcajadas. Acabo de mear sobre un fajo de cinco mil dólares. ¡Jódete Dr. Baumann!


De camino a casa me detengo en el escaparate de una zapatería en la Séptima y veo mi reflejo. Soy como el hombre invisible (pero el bueno, no el de la mierda de película de Kevin Bacon). Lamentablemente, soy todo menos eso, ya que la gente no para de mirarme. Y eso que esto es Nueva York, tíos con vendas es de lo más común que puedes encontrarte transitando por sus calles.


La cara me arde, camino lo más rápido que puedo para llegar a casa lo antes posible. Necesito un trago, una pizza de pepperoni y una buena cama. En ese orden.


Habré dormido un par de horas cuando me despierto. Mi cara es un hervidero y parece como si una legión de mosquitos se hubiera cebado con ella. Decido entonces hacer lo que haría cualquier chiquillo de cinco años: quitarme los vendajes.


Por primera vez me doy cuenta de la locura que estoy cometiendo. Y no acaba ahí, porque a continuación descubro este rostro que parece modelado por el mismísimo Michael J. Fox. Si pudiese llorar lo haría. En lugar de eso, grito, me retuerzo de dolor y me desmayo.


“Adiós Christoph. Hola William ‘Bizarro’ Walnuts”.

WW: Capítulo 6, espejito, espejito ¿quién...? 02/02/2009

Veinte latas de frijoles, un cómodo sofá, mucha cerveza, televisión por cable y Jay Leno. Esto es todo lo que una persona necesita para sobrevivir una semana sin salir de casa. Además de esto, y en un ataque de ira, me había permitido el lujo de romper todos los espejos de mi casa. ¿Mala suerte? Me temo que debí romper muchos espejos en mi tercera reencarnación.


Me aterraba la idea de volver a mirarme al espejo. Sin embargo, a lo largo de la semana había notado como la hinchazón bajaba progresivamente y los picores daban paso a ligeros y ocasionales tirones de piel producto de las cicatrices. Volvía a ser martes y me sentía preparado para seguir adelante con esta locura.


La primera instantánea me llega nada más apagar el televisor. En el reflejo de mi viejo JVC de 24 pulgadas le intuyo. Me asusto y mi corazón se dispara. Entonces revuelvo entre mis cajones en busca de mi pequeño espejo de viaje. Dos minutos más tarde lo sujeto tembloroso en mi mano izquierda. Con la derecha me aparto el pelo de la cara y saludo por fin a William. Hay que reconocerlo, el cabrón del Dr. Baumann ha hecho un buen trabajo.


Una segunda y detallada exploración me permite ver las pequeñas cicatrices. Por suerte, no es nada que la base de maquillaje Skyline de ‘Cosméticos Clownuts’ no pueda solucionar. Maquillaje realmente duradero, los mejores productos del mercado. Cinco botes de muestra en mi despensa. Ventajas de ser quien soy.


A lo largo de la mañana me voy animando y mientras me afeito pienso en ir un poco más allá. No puedo presentarme en el banco de cualquier manera. Necesito un traje y una buena camisa de seda y sé exactamente dónde conseguir ambos a precio de saldo.


Jonathan Morris ha sido nuestro vecino desde que teníamos 3 años. Tenía la increíble capacidad de meternos en líos con la misma facilidad que nos sacaba de ellos. Hoy es el gerente de ventas de la empresa. Gracias a él sé que mi hermano está hoy en Hong Kong en una reunión de negocios. Sin embargo, no creo que a sus vecinos les extrañe que William pase por casa a coger algo de ropa.

    • ¿William? ¿Señor Walnuts?… ¡Señor Walnuts!
    • Eh, sí, perdone.
    • Tiene correo.
    • Oh, sí, muchas gracias eh… gracias.

El portero del edificio no nota la diferencia y esa es la mejor de las noticias. Más vale que me vaya acostumbrando al nombre de William si pretendo no levantar sospechas. Una multa de aparcamiento, factura, factura, invitaciones de eventos, publicidad… Me reconforta saber que su correo no es muy distinto al mío.


En uno de sus múltiples enfados, mi hermano juró que cambiaría la cerradura. Hoy me alegro de que se quedase sólo en una intención. Es increíble, la luz del sol hace que este ático parezca el doble de grande y, sin embargo, su vestidor sí es exactamente el doble de grande que mi salón.


La talla ya no representaba ningún problema. En nuestro reciente encuentro había comprobado cómo mis esfuerzos por bajar de peso habían merecido la pena. Teníamos casi la misma masa muscular. Elijo un traje gris marengo con camisa y corbata negras. Me desnudo entonces ansiando el cálido encuentro de mi pecho con la seda natural. En lugar de eso, unas frías y delicadas manos recubren mi torso.

    • ¿No deberías estar en Hong Kong, chico malo?

WW: Capítulo 7, ya sabéis lo que toca, ¿no? 09/02/2009

Nota mental: Tengo que comprarme unas sábanas de raso.


Hace unos minutos estaba intentando no balbucear para hacer creer a un portero ser otra persona. Ahora estoy en la cama jadeando como un perro para hacerle creer a una chica que esa persona ha cancelado un viaje de negocios y ha venido a casa a celebrarlo con ella.


Ella es Julie, la novia de William, y llevo queriendo acostarme con ella desde el segundo día que la conocí. En el primero sólo discutimos acaloradamente sobre una multa de aparcamiento. A día de hoy, sigo creyendo que esa boca de incendios no estaba tan próxima, era una maldita cuestión de centímetros. ¿El tamaño importa? Espero que a ella ahora mismo no.


Es mucho mejor de como lo había imaginado. Ella se deja hacer, pero cuando toma el mando de este ‘Halcón Milenario’ le hace superar en cinco puntos la velocidad de la luz. Me aguanto y resisto con todas mis fuerzas.


Julie es la compañera de clase de la que estabas secretamente enamorado. Es esa chica de la facultad que siempre sueñas con tirarte. Es la agente Hathaway (número de placa 1043) de la comisaría 75 (75th Precinct, 1000 Sutter Avenue), en Brooklyn. Y Julie sigue siendo la novia de mi hermano. Pero eso no me detiene. Empezó en el vestidor, pasó a la cama y ahora nos revolcamos sobre la moqueta, que está sorprendentemente limpia. Es nuestra idea de practicar sexo seguro.


Cuando ella queda saciada todo termina y me ofrece un último y sensual beso. Después, coge el paquete que hay sobre su mesilla y saca un cigarrillo que fumamos a medias. Ella aún está húmeda y su frente es una maraña de pelos desorientados. Está guapísima.


No puedo dejar de fijarme en sus labios y en la delicadeza con la que sujetan el cigarro. Me encanta como se deshace del humo y me fascina cuando se gira, me clava sus ojos claros y me dice:

    • Vale, no lo voy a negar. Ha sido uno de los tres mejores polvos de mi vida, nadie había sacado tanto provecho de este metro sesenta y siete y, probablemente, yo lo deseara tanto o más que tú. Pero ahora dime, Christoph, ¿por qué narices tienes la cara de William?
    • ¿¡¡Qué!!? ¿¡Cómo…!? ¿Lo sabes?
    • Llevo cuatro años saliendo con William y tenemos una vida sexual más frecuente que placentera. Acabo de hacerte dos felaciones, ¿crees que no sabría reconocer una lamentable operación de fimosis?

¡Ups! No contaba con esto. Se avecinan problemas…

WW: Capítulo 8, to protect and to serve 16/02/2009

    • Cómo…
    • Tus ojos. Confieso que al principio no me di cuenta. Pero cuando te giré y vi cómo me mirabas… Joder, llevas haciéndolo desde que tu hermano nos presentó. Él… hace meses que no me mira de ese modo.
    • Ufff.
    • Por cierto, la base de maquillaje ‘Skyline’ es muy buena (“productos duraderos, los mejores del mercado”), pero tiene un olor bastante peculiar. No hace falta ser poli para saber que oculta cicatrices. Cuéntamelo todo, porque no voy a tragarme que te hayas hecho eso para echar un polvo conmigo.
    • (A mi me salen tres, ¿eh?) Vale, pero… necesito una copa.
    • Claro. Ya sabes dónde está el minibar, sírvete tú mismo mientras me pongo el uniforme.

Estoy nervioso, lo reconozco. Empiezo a pensar en distintas maneras de asesinar a alguien y que parezca un accidente porque esto puede echar abajo todo mi plan.

Rápidamente abandono la idea. Mis huellas están por todo el dormitorio. Verla vestida con el uniforme me impone y me despeja mucho más la mente. Me derrumbo como un chiquillo y le cuento mi alocado plan.

    • Ja, ja, ja. ¿Has hecho todo esto por dinero? ¿Te has operado la cara para robar a tu hermano?
    • Sí, bueno, pero confieso que acostarme contigo también era una pequeña parte del plan.
    • (Julie se pone seria) Suplantación de personalidad, fraude, allanamiento de morada, portar documentación falsa,… ¿Sabes cuántos años pueden caerte? Joder, Christoph, ¿en qué estabas pensando?
    • No sé, sólo me dolían las costillas…

Nos quedamos en silencio, mirándonos. Ella está muy pensativa, y eso no me da buena espina. Me suda la mano derecha. Me pasa en situaciones de cierta tensión. Es bastante incómodo y el menor de mis problemas en este momento.

    • ¡Mierda, mierda, mierda! Chris, no me queda otro remedio. Ya sabes que me debo a la ley. Servir y proteger al ciudadano. Hice un juramento.
    • (Mis pulsaciones se descontrolan) No, Julie, espera. No puedes hacerme esto. Te lo he contado y aún no he…

Entonces Julie saca sus esposas reglamentarias. Me gustaría empujarla y escapar, pero mis brazos están petrificados y mis muñecas son una presa fácil. Maldigo el momento en que decidí venir aquí. Maldigo el momento en que mi hermano decidió salir con una puta poli.

    • (Criiiick, Craaack) Tienes derecho a guardar silencio, todo lo que digas a partir de este momento puede ser y será utilizado en tu contra. Tienes derecho a un abogado. Si no puedes pagarlo se te proporcionará uno de oficio. Y… tienes derecho a otra hora de intenso placer sexual, ¿está claro?

Dios bendiga América.

WW: Capítulo 9, mi oráculo particular 23/02/2009

En la cima del Empire State Building, NY.

Me gusta hacerlo por lo menos una vez al mes. Subo aquí arriba y contemplo pacientemente la ciudad. Busco en cada rincón, hasta donde me alcance la vista, y espero lo que haga falta. En ocasiones, treinta minutos no son suficientes. Llevo mis prismáticos, sí, pero no soy un turista más. Vengo aquí a escuchar. Porque a mí Nueva York me habla.

Estoy tratando de enfocar la Estatua de la Libertad y no puedo evitar pensar en los últimos acontecimientos. Tanto que por un instante es la misma Julie quien sujeta la antorcha. No podía sacármela de la cabeza y, en los tres últimos días, tampoco de mi cama. Nuestro fortuito encuentro me había proporcionado una estupenda cómplice y una sobresaliente amante.

Ahora todo parece tener sentido. Contaba con información de primera mano y gracias a eso habíamos decidido posponer el plan un par de meses, ya que William esperaba cerrar un importantísimo acuerdo en ese tiempo que le reportaría cuantiosos ingresos a la compañía. Aparte de disponer de toda la información bancaria necesaria para el golpe, tenerla de mi parte me garantizaba un salvoconducto durante ese periodo. Y, gracias a ella, ahora también tenía una copia en miniatura del fondo de armario de William. Es sorprendente lo rápido que se acostumbra uno a los trajes de seda.

Sin embargo, no estoy tranquilo. Todo ha sucedido muy deprisa y las cosas van extrañamente bien. Lo poco que queda de Christoph en mí sabe que eso no es bueno. Mis prismáticos se detienen en la cima del edificio Chrysler, esperando que confirme mis sospechas. “Vamos, dime algo, joder.”

Mientras recorro con la mirada la ribera del río Hudson pienso en qué hacer como William Walnuts los próximos dos meses. Se me ocurren cosas muy divertidas y jugosas, pero casi todas son ilegales. Es una lástima, sí, pero no me conviene levantar mucho revuelo.

Una vez más, es Ella quién me da la respuesta. Y me la susurra con una extraordinaria dicción: “William Walnuts Senior”. Puede que a Christoph no quiera verle ni en pintura, pero seguro que se alegrará de que su hermano le haga una visita. Al fin y al cabo, siempre fue tu hijo predilecto, ¿verdad papá? “Gracias por el soplo, NY”.

Sólo tengo su cara y uno de sus trajes, pero empiezo a hacerme una idea del enorme esfuerzo que implicará ser ‘don perfecto’. Me pongo tenso y una mano en el bolsillo de mi chaqueta no hace que me calme precisamente.

Estoy a más de trescientos metros, rodeado de turistas y el tipo ha sido extraordinariamente rápido. En el tumulto diviso a diez posibles sospechosos, aunque no he podido ver ni su color de pelo. Por suerte, quienquiera que fuese, ha dejado una nota. En un papel amarillo, con letra mecanografiada figura el siguiente mensaje:

‘Mañana en el restaurante Calabrese, a las 13:00 pm. Degustaremos fetuccini con gamberi e formaggi, la especialidad de la casa. No olvides la corbata pero sobre todo no te olvides de llevar mi puto dinero. No más fallos, William.’

No hay firma y huele a problemas. Todo se silencia por un instante. Nueva York me habla, sí. Joder William, ¿en qué andas metido?

WW: Capítulo 10, lío en il ristorante 02/03/2009

Me paso la noche prácticamente en vela intentando decidir si acudo o no a la cita. Julie tiene turno de noche, pero ni por un segundo se me pasa por la cabeza hablarle del asunto. En cierto modo puede que aún no me fíe al 100% de ella. A las 7:42 am tomo la decisión de ir. Y decido no hacerlo solo.

Faltan un par de días para que William regrese de Hong Kong. No sé en qué anda metido mi hermano ni con quien trata, pero sí tengo claro que no puedo presentarme allí de cualquier manera. Necesito compañía y mi viejo amigo Walther es la mejor opción de todas.

Sus reducidas dimensiones (180x135mm) y sobre todo su cargador de 15 cartuchos de 9mm hacen del ‘señor’ Walther P99 el compañero ideal. Lo oculto en mi pantalón y lo aprieto fuertemente contra mi vientre con el cinturón. El hecho de estar permanentemente apuntando a mis genitales no es muy tranquilizador, lo sé, pero me siento extrañamente seguro y protegido. La Asociación Nacional del Rifle suscribiría esta declaración.

Espero que Walther sepa mantener la calma cuando se den cuenta de que William Walnuts no lleva ni un centavo encima. En lugar de eso, lleva una de ‘sus’ mejores corbatas, mucho sueño y un hambre de narices.

Calabrese está en pleno ‘Little Italy’. El barrio ya no es lo que fue en otro tiempo. Su fama permanece, pero ahora sólo es reconocible apenas por un par de calles llenas de restaurantes, la mayoría plagado de turistas. Calabrese es uno de ellos, a pesar de su discreta fachada, y huele estupendamente.

    • Buenos días, soy el señ…
    • Sr. Walnuts, ahá. Sígame por favor, su mesa ya está preparada. Bonita corbata, por cierto.

El primer detalle que me descoloca es que el maitre sabe perfectamente quién soy. Lo segundo es que se trata de una mesa para tres. Había trazado decenas de hipótesis sobre cómo sería el encuentro, pero en ninguna de ellas había una tercera persona. No me gusta. Por suerte la mesa está muy bien ubicada, ya que desde la cristalera diviso perfectamente quién entra o sale del local. Siempre está bien estar cerca de una ventana por si las cosas se ponen feas.

    • Sus acompañantes aún no han llegado, ¿desea un ‘rosatto’ mientras espera?
    • No, pero puede traerme una cerveza fría y un poco de ‘pane all’ aglio’ si es tan amable.

Estoy inquieto. Pasan algo más de dos minutos y un sedán oscuro se detiene frente a la puerta. De él se apean dos tipos con gafas oscuras. Por un segundo creo estar en “Los gemelos golpean dos veces”, pero esta vez el calvo es el alto y el fuerte el enano. El que hace de Danny DeVito se levanta las gafas y me mira. Entonces mi inquietud desaparece. Son ellos.

Instintivamente me echo la mano a la entrepierna. Walther sigue ahí, y yo espero que no tenga que salir de mi pantalón. Y de repente… ¡Sirenas! Cuando quiero darme cuenta, dos coches patrulla han rodeado al sedán. En menos de un minuto, cinco agentes pistola en mano, reducen a mis comensales. Ellos, lejos de forcejear, no oponen la más mínima resistencia.

Todo sucede a gran velocidad y sólo cuando la cosa se calma levemente reconozco su silueta. Justo antes de subir al coche patrulla se levanta la gorra y atraviesa el cristal con su mirada hasta encontrar mis ojos. Su rostro está serio y el mío vuelve a mostrarse inquieto y desorientado. Julie Hathaway, agente 1043, ¿qué haces tan lejos de tu distrito? Estoy furioso. Alguien me debe una explicación.

¿Pero qué coño está pasando?

WW: Capítulo 11, Manhattan zombie 09/03/2009

Se arma un gran revuelo pero todo vuelve a la normalidad en pocos minutos. El ambiente en Calabrese es agradable y decido aprovechar para degustar sus famosos fetuccini. En pocos minutos compruebo que hacen honor a su fama y me pregunto porque en ella no se incluye el delicioso tiramisú del postre. Durante la comida, Julie me llama unas cuatro veces pero sigo bastante desconcertado y mi madre siempre me dijo que no hablase con la boca llena.

Animado por el sol de media tarde decido volver a casa andando. Camino pensativo, sin rumbo fijo y buscando los escasos rayos de sol que los rascacielos de Manhattan conceden a sus calzadas. Parezco un zombie e incluso tropiezo un par de veces para dar verosimilitud a mi papel. Cuando quiero darme cuenta estoy a menos de dos manzanas del apartamento de William. Subo en busca de respuestas y Julie me recibe de uniforme. Entro como un elefante en una cacharrería:

    • ¿Qué pasa, ahora te dedicas a seguirme?
    • Christoph, cálmate y siéntate, ¿quieres?
    • No quiero calmarme, joder. No estabas de servicio, no era tu distrito, ¿qué demonios hacías ahí?
    • La nota. En el bolsillo de tu chaqueta.
    • ¿Me registras? ¿Ahora eres poli las 24 horas?
    • No, imbécil, pero los de la tintorería sí. Llamaron para decírmelo. Además… ¿de qué coño vas? ¡Te recuerdo que no soy yo quien está intentando estafar a su hermano! Joder, debería detenerte en este preciso instante y dejar de discutir contigo.

Touché. Me grita y tiene toda la razón. Creo que verla de uniforme ha hecho que me ponga más furioso todavía. Siempre me ha gustado discutir con los pringados de la NYPD.

    • Perdona Julie, tienes razón. Pero entiéndeme, estoy algo perdido: La nota, ellos, tú…
    • Escucha, yo sólo intentaba protegerte, tu imprudencia podría haber echado abajo todo tu plan. Oye Christoph, estoy contigo en esto, pero vas a tener que empezar a confiar en mí.
    • ¿Quiénes eran?
    • Buster y Keaton, dos raterillos de poca monta.
    • He visto demasiado raterillos en mi vida para saber que no visten con traje de chaqueta italiano. ¿Por qué me mientes?
    • No te estoy mintiendo.
    • Entonces dime, ¿por qué William les debe pasta?
    • No lo sé, Christoph, de veras.
    • Mientes, joder.

Un inesperado sonido de llave jugueteando en una cerradura interrumpe nuestra conversación al tiempo que paraliza mi corazón. A Julie se le descompone el rostro y parece haber visto un fantasma.

    • ¡¡Es William!! ¿Qué hace aquí? ¡Se supone que regresaba mañana! Rápido, métete en el vestidor. Intentaré distraerle para que puedas escapar.

Lo que me faltaba. Esto empieza a ser una puta pesadilla. “Ni hao, cariño, por fin en casa. Menuda sorpresa, ¿eh?”. No lo sabes bien, hermano…

WW: Capítulo 12, como un chihuahua 16/03/2009

Perfecto. Estoy escondido en un vestidor evitando que mi hermano pueda descubrirme haciéndome pasar por él. Pero lo peor de todo es que al otro lado de la puerta, el verdadero William Walnuts y su novia jadean como dos perros en celo. Las paredes son como papel de fumar y la caja de resonancia de este vestidor es un perfecto home cinema.

“Cariño, estarás cansado del viaje, ¿no quieres darte una ducha?” o “¿tienes hambre? ¿Te apetece que vayamos a la pizzería que tanto te gusta?” ¿De cuántas formas distintas puedes distraer a un hombre? Yo os lo diré: más de cien. ¿Por qué el sexo, Julie?

Estoy cada vez más furioso y por un momento pienso en sacar a Walther de mi entrepierna y pegarles un buen susto. Sin embargo, mantengo la calma y aprovecho uno de sus momentos álgidos para salir a gatas de la habitación. Sí, ahora el perro soy yo. Un chihuahua para más señas.

Puede que no tenga derecho a estar celoso, pero desde hace un par de días le estoy dando vueltas a las mismas preguntas: ¿cuánto de Christoph le gusta a Julie? ¿Realmente le gusto? ¿No será a William al que ve mientras estamos juntos? Mi nuevo rostro me ha creado grandes inseguridades y no debería ser así. Mi nuevo rostro me debería haber llevado a una isla paradisíaca, como al maldito Tom Cruise en la película de los cócteles, joder.

Me despido con un sonoro portazo, pero seguro que ellos ni siquiera reparan en el estruendo. Bajo las escaleras de dos en dos, ansiando llegar a la planta baja lo antes posible. Ha llegado el momento de ejecutar el plan, cuanto antes mejor, no más retrasos. Tengo que llegar a casa y organizarlo todo para mañana por la mañana.

Cuando salgo del edificio, voy tan obcecado que no reparo en los pasos. Y ahora ya es demasiado tarde porque esos pasos van acompañados de un tremendo golpe en la cabeza que me hace caer fulminado. Fundido a negro y dolor…

Cuando recupero la consciencia voy en un coche con los ojos tapados. No puedo ver nada, así que me fío de mis otros sentidos. El olfato me dice que huele e ambientador barato, el tacto que la tapicería es vieja, calurosa y está muy sucia. Esto no me gusta un pelo y, para colmo, una voz desagradable taladra mi oído.

    • William, cabronazo, no te he atizado tan fuerte así que despierta de una vez…

Ah, mi sexto sentido me dice que vuelvo a estar en un lío…

WW: Capítulo 13, canta Gigi 23/03/2009

El agua golpeando la roca y el estridente soniquete de las gaviotas son la banda sonora del momento. No hace falta ser muy listo para saber que estamos en los muelles. Por el eco de esta sala también deduzco que estoy cautivo en un gran almacén. En efecto, esto parece una mala película de serie B y yo estoy deseando que alguien diga “¡corten!”

    • Me dijiste que habías hablado con Julie y que no sería un problema. Te hice ver los riesgos que conllevaba que nuestro pequeño secreto lo supieran según qué personas. Tú me dijiste que todo estaba en orden, y…

Este tipo no para de hablar. Para colmo, tiene un ligero acento irlandés que convierte su discurso en algo casi cómico. Trato de no sonreír. Parece la clase de tipo que no sabe encajar una mueca de más.

    • …Y hace una hora unos cinco agentes, entre los que se encontraba tu preciosa novia, detienen a dos de mis chicos cuando se tenían que reunir contigo. Quizá quieras aclararme también por qué en lugar de dinero llevabas un arma en los calzoncillos. Te escucho, William…
    • (Improviso) Julie leyó la nota por accidente. En la tintorería tienen la maldita costumbre de registrar cada bolsillo de cada prenda. Apuesto a que miran también el doble fondo. Ella actuó primero como novia y después como policía. Pero Julie no será ningún problema, créeme. En cuanto a lo de la pistola…me gusta salir de casa doblemente armado, ya me entiendes…

“¡Punch!” Se confirma, no solo no encaja las muecas, es que tiene el sentido del humor en los mismísimos nudillos. El no poder intuir el puñetazo lo hace más doloroso y ahora sangro por el labio. Desde luego la escena está quedando de cine.

    • No estás en posición de bromear. Me dais igual tú y tu estúpida novia, si nos cabreáis una vez más os haremos desaparecer. Hemos hecho caer a gente más importante e influyente que tú, nombres que seguro conoces.
    • Mi hermano.
    • ¿Qué?
    • Mi puto hermano Christoph. Él tiene el dinero. Se supone que debería habérmelo devuelto hace unos días, pero ha desaparecido.

Vuelvo a sacar la receta del soufflé de mentiras y espero que me quede igual de rico, así que sacrifico una pieza, me echo la culpa y trato de ganar tiempo para salir con vida de aquí. Alfil a G 6.

    • Sólo os pido una semana más. Estoy a punto de dar con él y cuando lo haga os pagaré un 50 % de intereses.
    • Me gusta la parte de los intereses pero es demasiado tiempo. Tienes tres días más. Si no tenemos el dinero en nuestro poder en ese tiempo, tu pesadilla empezará en la portada del New York Times. Sabías dónde te metías, William, ¿o tu padre no te advirtió lo que implica no ser un hombre de palabra?

Jaque. Los Walnuts y su eterno problema de comunicación…

WW: Capítulo 14, homeless al atardecer 30/03/2009

En un banco, junto a la bahía del Hudson.

Cuando me despierto estoy tumbado en uno de estos incomodísimos bancos situados a lo largo de la bahía del río. No hay periódicos ni botellas de vino en bolsas de cartón pero apostaría a que parezco un indigente. Es jugar sobre seguro, porque está claro que a las personas que han dejado en mi regazo estos treinta y ocho centavos también se lo he parecido. Ahhh, mi cabeza… Tenía la venda puesta y no podía ver nada, ¿por qué narices me tuvo que volver a golpear?

Cuando voy a levantarme, un hombre, esta vez sí con todos los accesorios y maquillaje propios de un indigente, reclama amablemente su banco.

    • Eh, tío, ¿no sabes leer? Aquí lo pone bien clarito: ‘propiedad de Trash Tocado’. No me he cargado tres navajas para marcar algo que pase inadvertido, colega. Así que ya sabes, a menos que necesites mi ayuda para resolver algún enigma ya te estás largando de aquí o te denunciaré por allanamiento de morada. Puedo ser un sin techo pero conozco mis derechos, ¿eh?

El sentido de la propiedad en Nueva York es fascinante, así que no pongo problemas, me reincorporo y voy en dirección al metro más cercano. Quiero llegar a casa y ordenar mi cabeza mientras me pego una buena ducha.

Es tarde, pero por fortuna el suburbano no tarda mucho en devolverme a Queens. Cuando salgo del metro, una inesperada vibración del bolsillo de mi chaqueta me recuerda que tengo un teléfono móvil. Tres llamadas perdidas de Julie y dos mensajes de voz. Me entretengo escuchándolos por el camino.

Tiene 2 mensajes nuevos. Para escucharlos pulse 1 (Tic!)

Mensaje 1: Christoph, ¿puedes dejar de comportarte como un crío y coger el teléfono? Tenemos que hablar, no puedes desaparecer por esto. Hay cosas que no tengo por qué explicarte pero hay otras que sí deberías saber. Pasado mañana tengo el día libre y podemos quedar. Llámame, ¿quieres?

Julie. Tengo tanta información en la cabeza que ya había olvidado el porno casero en off de hace… ¿cuánto tiempo ha pasado?

Mensaje 2: ¿¡Tu palabra vale lo mismo que la de un alce borracho!? Espero y deseo que no te hayas olvidado de que me debes pasta, mucha pasta. Y te dejé bien claro que esta vez no te iba a perdonar ni un centavo. Necesito ese dinero cuanto antes y esta vez no me la vas a jugar hermanito o nos vas a meter en un lío. Pásate por casa cuanto antes y no me hagas enfadar (…) Por cierto, papá está empeorando, ¿es que no piensas ir a visitarle, joder?

William. Si pudiera devolverle su cara lo haría con muchísimo gusto, pero me temo que no es eso lo que necesita. Me temo que no es eso lo que necesitamos. Y para su desgracia le he metido en un lío mucho mayor del que es capaz de imaginar.

Recorro con mis manos los bolsillos con el fin de encontrar las llaves de mi casa. Tardo un buen rato en dar con ellas y oír su alegre tintineo. Pero cuando miro fortuitamente al suelo y veo los restos de serrín me doy cuenta de que no me van a servir de mucho. La puerta está abierta y forzada. En este momento es inevitable no acordarme de Walther en mi pantalón. A pesar de ello, me armo de valor y cruzo la puerta. Al otro lado está todo como lo imaginaba: patas arriba.

Alguien se ha pasado un buen rato revolviendo todo, supongo que es una prueba más del particular sentido de la propiedad de esta puta ciudad. ¿Qué buscabais, cabrones?

WW: Capítulo 15, los sueños, sueños son 06/04/2009

Quienquiera que fuera únicamente buscaba dinero en efectivo. Solo eso explica que mi colchón esté rajado y los cajones hechos trizas. Prisa, ansiedad, desesperación,… malditos aficionados, ¿qué necesidad había de arrasar con todo?

Digo lo del dinero porque ni siquiera se han llevado los dos objetos más valiosos que tengo en este cuchitril: mi viejo JVC de 24 pulgadas y mi pelota autografiada de Joe DiMaggio. Quinientos dólares y un par de dientes me costó conseguirla, en mis partidas clandestinas de póker no había límite de apuestas.

Estoy tan cansado que decido dormir en el primer mueble con cuatro patas que encuentro. Mi mesa está despejada y parece lo suficientemente resistente y confortable para pasar esta noche. Tardo algo menos de tres minutos en cerrar los ojos y la última imagen que veo antes de hacerlo es el rostro de mi padre. Es una señal y el primer punto de mi agenda para el día de mañana.

No han pasado ni cinco horas cuando mi espalda dice basta. No solo eso, también he vuelto a soñar que me lo monto con Danny DeVito. Es una pesadilla recurrente y no quiero averiguar su significado. Por suerte enseguida pongo mis cinco sentidos en tratar de encontrar en mi despensa algo que se asimile a un desayuno. No hay mucho donde elegir y de esto no puedo culpar a los que revolvieron mi piso.

Con medio vaso de zumo de color naranja pálido y un par de fajitas con lo que creo que es mermelada me echo a la calle. Todo me da una pereza tremenda y decido coger el primer taxi libre que veo. Eso también ha debido pensar la escandalosa señora con la que forcejeo para cogerlo. Al final se impone la lógica, le muestro mi peor cara y consigo meterme en el ‘yellow cab’.

    • Hospital Monte Sinaí. ¿Puedo bajar la ventanilla?

Ya en el hospital atravieso dos momentos de crisis. El primero es en la puerta principal, cuando me pregunto qué es lo que hago ahí. ¿He venido a verle? ¿He venido a sacarle información? ¿Lo hago como William o como Christoph? El segundo llega en el ascensor, cuando vuelven a mi mente las desagradables imágenes con Danny DeVito. ¡Puagh! Por un segundo se me pasa por la mente chutarme el suero de este pobre hombre que sube conmigo y me mira soprendido.

Habitación 4009. Mi padre tiene una de las mejores habitaciones del hospital. y un par de enfermeras dedicadas a él. Es temprano, la puerta está ligeramente entornada y no parece haber mucha luz en su interior. Trato de adentrarme con sigilo de espía pero enseguida disparo todas las alarmas:

    • ¿Christoph? ¿Eres tú?

¿Qué haría James Bond en este momento?

WW: Capítulo 16, licencia para mentir 13/04/2009

Quizá James Bond dispararía un dardo tranquilizante y se apropiaría del microfilm sin dejar rastro. O quizá se dejaría capturar para luego poder escapar. Sí, algo así. Pero estamos hablando de mi padre y solo tengo que hacerme pasar por mi hermano durante unos minutos…

    • No, papá, soy yo, William. ¿Cómo estás?
    • Estaría durmiendo si no hubieras venido a estas horas, ¿dónde está Jennifer?
    • No lo sé, ¿quieres que abra las cortinas?
    • No, quiero que venga Jennifer, me dé de desayunar y que sea ella quien abra las cortinas.

Ahora que lo pienso, el dardo tranquilizante no me vendría nada mal. El viejo cascarrabias no ha cambiado nada, sigue siendo el mismo impertinente de siempre. Por suerte no puede caminar, de lo contrario ya me hubiera dado dos golpes en el pecho para dejar patente su autoridad.

    • Papá, ¿puedes tranquilizarte un segundo y contarme qué tal estás?
    • Ayer estaba postrado en esta cama, parapléjico y con un 30% de visión en ambos ojos. No puedo fumar ni comer pizzas y dos enfermeras tienen que cambiarme cada vez más frecuentemente. Ayer cuando viniste estaba jodido, y hoy sigo jodido pero además tengo sueño. Y a no ser que hayas aprendido a hacer milagros me temo que voy a seguir jodido hasta que regreses con tu amigo ‘Jesús’. No sé si he contestado a tu pregunta…

No han pasado ni dos minutos y ya ha sacado casi todo su repertorio. William Walnuts Senior tiene una habilidad especial para los sarcasmos.

    • Ah, se me olvidaba, también la semana pasada me falló el brazo izquierdo un par de veces. Los médicos no se cansan de hacerme pruebas. Ahora… ¿puedes llamar a Jennifer?

Empiezo a pensar que ha sido una mala idea venir hasta aquí e intento buscar una excusa para salir sin dejar rastro. Quizá darle un calmante y hacer que todo parezca un sueño para el viejo. Joder, tengo mucho que hacer y cada vez menos tiempo.

    • William…
    • Sí, papá…
    • ¿Desde cuándo me llamas ‘papá’?
    • (…)
    • Siento lo de antes pero te calé desde el principio. Hace meses que William no me llama así. No te he mentido, he perdido un 70% de la visión, pero no me hace falta ver cuando puedo sentirte, Christoph. ¿Por qué has tardado tanto en venir?

Me han vuelto a descubrir. No sé a quién quiero engañar.

    • Papá… Yo… Estoy en un lío. Quiero decir, estamos en un lío. Bufff, es todo muy complicado…
    • Tranquilo. Ven, acércate, dame un beso y abre las cortinas. Ahora siéntate y cuéntamelo todo, no pienso moverme de aquí en toda la mañana.

Y por un momento siento que todo va a salir bien. El viejo no puede moverse de la cama pero me transmite una enorme seguridad y confianza. Es casi como en los viejos tiempos.

    • Christoph, hijo, ¿qué te has hecho en el pelo?

WW: Capítulo 17, una historia del Bronx 20/04/2009

El despertador no hace ninguna concesión y suena puntualmente a las 06:02 de la mañana. “Al menos esta noche no me despertaron las peleas y los disparos” – piensa ella. Han sido solo cinco horas de sueño pero para ella son una bendición. Vivir aquí en el Bronx le ha enseñado a apreciar los pequeños detalles.

Lo primero que hace es ir a ver al pequeño Jeremiah, de 9 años, que sigue durmiendo. Verle en su cama arropado y tranquilo hace que por un instante olvide lo de su hiperactividad. Pero sólo es un momento, porque entonces abre los ojos y todo vuelve a empezar.

“Bébete la leche, por favor, Jeremiah…” – suplica su madre. Por fortuna, la señora Harrington, abuela del niño, acaba de llegar. Ella aprovecha entonces para irse a vestir. No hay mucho donde elegir y su trabajo tampoco lo exige pero trata de ir siempre lo más arreglada posible.

    • Dame un beso, pequeño.
    • ¡Jeremiah, besa a mamá! Cariño, ¿volverás pronto?
    • Sí. (…) O sea, no. No, perdona. Hoy también tengo que ir al bar. Cambié el turno con Katrina.

Ojalá no tuviese que volver nunca más a Monty’s, el viejo antro de borrachos donde consigue unos pavos extra a cambio de vomitonas y palmaditas en el culo. Pero necesita ese dinero. Esa cantidad que el padre del niño debería mandar puntualmente cada mes. Lo último que sabe de él es que había rodado una película en el desierto de Arizona. Una serie B de persecuciones de coches sin sentido, lo ideal para un especialista de tercera como él. Dentro de unos años comprará el DVD para que el chico pueda conocer a su padre gracias a los extras. Pero no cree que ese loco bastardo merezca ni eso.

Hoy el trayecto del autobús se le hace bastante corto, quizá también porque no ha dejado de pensar en qué regalarle a su hijo por su cumpleaños. Siempre procura llegar con diez minutos de adelanto para disfrutar de un café en la cafetería de la esquina. Desde el cristal ve a la ciudad moverse sin parar. Da igual la hora que sea, Nueva York no descansa.

Tras fichar, va hacia su taquilla a enfundarse su uniforme de trabajo, esa blanquecina bata que tan bien le sienta. Mientras camina por los pasillos del hospital suele manosear la chapa de identificación, que le recuerda el sufrimiento y sudor que le costó sacarse el título. Ahora es un gran orgullo para ella poder decirle a la gente: “Soy Jennifer Harrington, enfermera en el Monte Sinaí”.

Ella se detiene ante la puerta de la habitación 4009. Le ha sorprendido la luz que hay tras la puerta y entra algo sobresaltada:

    • ¿¡Señor Walnuts?!
    • Buenos días, Jennifer.
    • Ufff. Creí… Perdón, siento la molestia, veo que tiene visita.
    • No te preocupes, preciosa, es mi hijo. Hoy desayunaremos un poco más tarde.
    • De acuerdo, les dejaré a solas entonces.
    • Gracias hija.

¡Knock! Un día más, Jennifer activa el ‘modo sonrisa’ y su bata parece más blanca que nunca.

    • Eh, Christoph, ¿a que es un encanto?
WW: Capítulo 18, secretos de familia 27/04/2009
    • …Incluso entraron y revolvieron mi casa. Quieren el dinero y no pararán hasta conseguirlo. No sé en qué lío andará metido William, ¿tú sabes quiénes son y de qué es ese dinero?

Estoy a escasos metros de mi padre pero su progresiva ceguera hace imposible que pueda reconocer el rostro de mi hermano. Me he permitido la licencia de contarle una historia en la que unos tipos extorsionan a otro y esto llega a oídos de su hermano. Casi todo es verdad y todo es ciertamente verosímil. Lo he debido hacer muy bien porque el pez gordo ha mordido el anzuelo.

    • Ojalá no tuviera que contarte esto, pero me temo que las cosas están yendo demasiado lejos. Maldita sea, cómo me gustaría poder levantarme y…
    • ¿Qué pasa, papá?
    • Trevor McBrian, él es quien está detrás de todo esto. En realidad él está detrás de gran parte de la mierda que hay en esta ciudad y nuestra familia hace mucho tiempo que juega en su vertedero. Y todo es culpa mía.

Esto me empieza a preocupar, mi padre ha cambiado el tono y está visiblemente preocupado.

    • Christoph, hay algo que debes saber. Yo no siempre me he dedicado a la licorería. Quiero decir, sí, la licorería nos sacó adelante gracias al esfuerzo que tu madre y yo pusimos en ella, pero no siempre me dediqué al negocio del alcohol. Porque hubo un tiempo en el que yo trabajaba para Trevor.

Mi pobre intuición me dice que voy a recibir más información de la que esperaba y me temo que no me va a gustar.

    • Antes de conocer a tu madre yo ajustaba cuentas para él. Me las he visto con algunos de los tipos más gordos y duros de esta ciudad y he llegado a manejar mucho, mucho dinero. Joder, era muy bueno en mi trabajo y Trevor estaba muy contento conmigo. Hasta que apareció tu madre. Ella lo cambió todo.
    • Espera, ¿qué pinta mamá en todo esto?
    • No es muy difícil de imaginar. Tal y como suele suceder en estos casos, los dos nos enamoramos perdidamente de ella y cuando decidió quedarse conmigo nos condenó. Yo me quede con la chica y abandoné a Trevor, y eso él nunca me lo perdonó. Y sabe Dios que intenté que todo esto no os afectase. He hecho cosas que no voy a contarte para ocultar todo esto y alejaros de la mierda. Contigo casi lo había conseguido pero no con William. Ahora no tengo ninguna duda de que el imperio de Cosméticos Clownuts se levanta sobre el sucio dinero de McBrian.

Todas las familias tienen secretos y yo acabo de descubrir la particular ‘Atlantida’ de los Walnuts. No estoy especialmente orgulloso de ello y no sé explicar muy bien cómo me siento. Intento visualizar al viejo extorsionando a la gente pero verle imposibilitado en esta lúgubre cama de hospital no me lo pone fácil.

    • Christoph, hay una cosa que quiero que hagas. Primero tienes que prometerme que no vas a contarle esto a nadie, ni siquiera a William. Lo segundo que quiero que hagas es que vayas a mi casa. En el desván hay una vieja guitarra firmada por Chuck Berry.
    • La recuerdo perfectamente, papá. Es la vieja guitarra que nunca podíamos tocar. Pero no pienso subastarla por Ebay para conseguir el dinero.
    • No tienes que subastar nada, idiota. Quiero que la cojas, la rompas contra la pared y cojas la bolsa que hay en su interior. Dentro hay una importante cantidad. No te preocupes por la guitarra, la firma es falsa. Es una imitación que me hizo un estafador llamado Mullins, de lo mejorcito que he visto.
    • ¡Ahora entiendo por qué no nos dejabas jugar con ella!
    • Lo siguiente que quiero que hagas es que la traigas, me saques de aquí y vayamos a ver a Trevor. Puede que no vea y no pueda caminar pero aún sé cómo manejar estas situaciones.
    • De acuerdo, lo haré, pero con una condición: tienes que prometerme que esta vez no vas a disparar a nadie.

Secretos de familia…

WW: Capítulo 19, jodida ley de Murphy 01/06/2009

Cuando salgo del Monte Sinaí siento que he ganado un par de kilos. Me pesan las piernas y, sobre todo, la cabeza. Resulta difícil cambiar la imagen de amable dependiente y abnegado padre de familia por la de lacayo y feroz extorsionador. Y sin embargo, por extraño que parezca, hoy me siento más unido que nunca al viejo Sr. Walnuts.

Por primera vez en mucho tiempo veo algo de luz al final de este túnel. Mi padre, el paralítico con graves pérdidas de visión postrado en una cama va a resolver todos los problemas de William Walnuts. Sé que no suena alentador pero es el mejor plan que tengo.

Camino por las atestadas calles de Nueva York tratando de evitar el reflejo de los escaparates. Ese reflejo que me sacude la cabeza y me recuerda la locura en que he convertido mi vida. Qué irónico, me operé el rostro para tratar de robar a mi propio hermano y eso ha hecho que me sienta más unido que nunca al cabrón de William.

Pero es un escaparate el que me devuelve al mundo real porque he girado la cabeza y no he podido evitar fijarme en la preciosa Fender Stratocaster que preside ‘Johnny Guitars’. La misma que me indica el camino de baldosas amarillas que lleva a casa de mis padres donde me espera la vieja y falsa réplica de Chuck. Joder, siempre había deseado romper una guitarra pero esperaba que fuese en el estadio de los Yankees rodeado de enfervorecidas groupies deseando mi cuerpo.

    • ¡Christoph! ¡¡Christoph!!
    • ¿Pero quién…?

No es una groupie, pero enseguida le pongo cara y cuerpo a los gritos. Entre el tumulto diviso la figura de Julie sorteando a los viandantes para llegar hasta mí. Ella no entraba en mis planes pero no me apetece iniciar una persecución con una agente de policía pisándome los talones.

    • ¡Aggh, cof! Christ… ¡Cofff!
    • Qué curioso, últimamente sólo te oigo gemir…
    • Quizá si me cogieras el teléfono y… dejaras de comportarte como un crío de 5 años…

Julie está alterada, lo noto en su mirada y en el temblor de sus manos. Le pregunto qué ocurre y tarda unos segundos más en recuperarse y responderme.

    • Es William…
    • Sí, ahora soy William, no Christoph, ¿recuerdas?
    • ¡No imbécil! Es tu hermano, ¡ha desaparecido!
    • ¿Desaparecido?
    • Sí y creo que lo han secuestrado…

No sé por qué no me sorprende. ¿Pero de verdad es necesario que todo se complique tanto? Esto desafía a las leyes de Murphy, joder.

WW: Capítulo 20, Brooklyn Bridge digressions 08/06/2009

Tranquilizar a Julie me lleva algo más de cinco minutos. Dice que William no ha ido a dormir y que su móvil está “extrañamente” desconectado. Su teoría del secuestro se apoya en el testimonio del portero del edificio. Pero a mí no me hace falta oír a ningún lenguaraz portero para saber que McBrian está detrás de esto. Sin embargo, decido no confiarle mis secretos y la abrazo.

    • Oye, respecto a lo del otro día…
    • No tienes que darme explicaciones, William es tu novio y…
    • Ya, pero no era…
    • No quiero hablar de ello, ¿de acuerdo? Tenemos cosas mucho más importantes que resolver en este momento.
    • Es cierto. ¿Qué vamos a hacer, por dónde empezamos a buscar?
    • Mírate, ¿quién es el poli de los dos?
    • Joder, lo siento. Mmmm, debería empezar por ir a casa de mis padres, tengo que recoger una cosa que puede sernos muy útil en este asunto.
    • Yo termino mi turno dentro de una hora, te veo allí, ¿ok?
    • Sí. Y Julie… no te preocupes, sé que encontraremos a William.

Camino en dirección Brooklyn. Durante el trayecto no puedo dejar de pensar en Julie, tan acelerada, tan ingenua, tan… guapa. Pero tengo que encontrar un modo de dejarla al margen. Ella no puede saber todo lo que yo sé, por el bien de los Walnuts.

Mientras camino por el majestuoso puente de Brooklyn pienso en lo bonito que sería cimentar los pies de los cabrones que tienen retenido a mi hermano y lo profundo que se hundirían si los tirase desde aquí. Este tipo de cosas siempre me han hecho mucha gracia.

Dicen que quien atraviesa andando el puente de Brooklyn vuelve a Nueva York. Yo sólo espero que cuando regrese no sea demasiado tarde ni para mí ni para mi hermano. No sé que planea mi padre pero espero que sea rápido, limpio y muy, muy doloroso. Y si incluye zapatos de cemento, mucho mejor.

WW: Capítulo 21, jugando a las películas 15/06/2009

Meter una llave bajo el felpudo de la puerta trasera. Creí que era una invención de las películas hasta que un buen día descubrí a mi madre haciéndolo.

No es la primera vez que me sirvo del secreto del felpudo para entrar en el domicilio de mis padres lo confieso, pero esta vez no iba acompañado de ninguna desvergonzada muchacha. “¡Joder qué desorden!” – es lo primero que exclamo cuando cruzo la puerta. Se ve que el viejo no ha limpiado mucho desde que mamá se fue.

Lo primero que hago es dirigirme a la cocina esperando encontrar una ‘Bud’ bien fría. Rezo por que así sea y afortunadamente el Señor escucha y provee. ‘Amén’. Después, con la valentía propia que te insufla el alcohol, me atrevo a entrar al desván. Desde pequeño me aterraba entrar en aquella habitación. Las malditas películas lo habían convertido en un lugar aterrador a pesar de ser sólo un cuartucho lleno de cajas y polvo.

Cajas llenas de recuerdos, fotos color sepia, guantes y bates de béisbol e incluso una oxidada bicicleta estática. Todo muy bien amontonado. Al fondo de la sala, una vieja funda de guitarra cubierta de polvo destaca sobre todo lo demás: “a ti es a quién he venido a buscar”.

Abro con mucho cuidado pero es inútil, la cremallera salta por los aires al instante. Dejo la sutileza a un lado y rasgo la funda, que cede con gran facilidad. Ahí está, casi reluciente, la estupenda Gibson firmada por el ahora imitador de Chuck. Es imposible resistirse y caigo en la tentación.

Improviso los primeros acordes de ‘Johnny B. Goode’ y por un momento creo ser Chuck Berry tocando en el Blueberry Hill de Saint Louise. Son los años 70. Pero pronto me doy cuenta de que soy un mal imitador de Marty McFly en ‘Regreso al Futuro’ y que esta guitarra desafinada suena como si castrasen a una piara de cerdos con una motosierra. Es cierto, estoy exagerando. Gracias a Dios mi improvisación se ve interrumpida por un sonido que recorre toda la casa.

¡Ding, Dong!

Tiene que ser Julie, así que no pierdo un segundo y acabo el concierto como lo haría el mismísimo Jimmy Hendrix, sólo que me ahorro el paso de prenderle fuego a la guitarra. “¡Kata-krack!” Del interior sale disparada una bolsa de plástico herméticamente cerrada llena de dinero, tal y como me dijo mi padre.

¡Ding, Dong! ¡Ding, Dong!

No me da tiempo a contarlo, así que lo guardo en mi chaqueta confiando en que se note lo menos posible. “Ya va, ¡ya va!”.

    • Pasa, estaba en el baño.
    • Pues espero que el estruendo que se oía no saliese de ahí.
    • Frijoles y cerveza no es la mejor combinación de todas, créeme.

Julie se ha deshecho del uniforme y está radiante. Educadamente se acerca a darme un beso y me toca ejecutar la segunda improvisación de la tarde.

    • Oye, qué es…
    • Podría decirte que me alegro mucho de verte pero los expertos en la materia lo denominan ‘erección’.

Y entonces, como en ‘Regreso al futuro’, volvemos al pasado. Ese pasado donde yo y una desvergonzada señorita retozamos furtivamente en el sillón de mis padres.

WW: Capítulo 22, ¿en qué estaba pensando? 16/11/2009

Idiota. He vuelto a caer como solo lo haría un idiota. El viejo sofá de mis padres ha vuelto a darme otra tarde de intenso placer sexual pero sigue siendo igual de incómodo. Sobre todo para que dos pers… un momento, ¿dónde está Julie?

    • Christoph, dime que tienes una buena explicación para esto.

Julie sostiene la bolsa y está visiblemente enfadada. No me detengo a pensar cómo la ha encontrado. Aunque no es muy difícil imaginárselo teniendo en cuenta el excesivo celo que ha puesto en desnudarme. Hubiera tenido más problemas en cachear a la abuela de cualquier raterillo del Bronx, no hay duda. Idiota.

    • Deja eso donde lo hayas encontrado. No tengo que darte ninguna explicación, ese dinero es de mi familia.
    • ¿Qué? ¿Sabes la cantidad que hay aquí? Pensabas irte, ¿no? Es eso. Ibas a coger la pasta y largarte. ¿Ya has robado a tu hermano y ahora sigues con tu padre? Me das asco. Confié en ti. Me dijiste que todo saldría bien y encontraríamos a William, cabrón mentiroso.

Julie está muy nerviosa y yo extrañamente tranquilo. No puedo perder más tiempo discutiendo con ella. En mi cabeza, una palabra: Idiota. No dejo de repetírmelo una y otra vez.

    • Julie, cálmate y escúchame. No voy a irme a ningún lado. No he robado a mi padre. Estás en un error. Ese dinero es para recuperar a William. Aún no sé cómo, pero de ese dinero depende la libertad de mi hermano.
    • ¿Vas a pagar el rescate? ¿Sabes dónde lo tienen? Tienes que decírmelo, puedo montar un operativo esta misma noche.
    • Julie, no, escúchame. Tienes que seguir confiando en mí y por eso tienes que quedarte al margen.
    • ¡No! No puedes dejarme al margen. Se trata de William y, además, ¿soy policía, recuerdas? ¡Es mi deber! Maldita sea, Christoph, cuéntame todo lo que sepas y no me obligues a detenerte o tendré que interrogarte yo misma.

Idiota. Sólo un idiota puede pensar en golpear a un agente de policía para dejarlo inconsciente. Sólo un idiota no piensa en otras alternativas. Sólo un idiota puede pensar en hacerle eso a la novia de su hermano desaparecido. Sólo un idiota no piensa en las consecuencias de lo que está a punto de hacer. Sólo un idiota puede pensar en hacerle eso a la chica que le gusta y con quien retozaba hace unos minutos.

¡Zuummmbbbb!

    • Ahhhhhh. Pero… ¿qué crees qué estás haciendo? No te atrevas a tocarme otra vez, maldito hijo de…

Y sólo un idiota puede creer saber cómo se hace algo que sólo ha visto en las películas. Sólo este idiota.

¡Zumb! (¡Zap!)

    • Lo siento en el alma, Julie.

Idiota. Idiota. Idiota.

WW: Capítulo 23, Highway to Hell 30/11/2009

Tengo suerte de que todavía respire. Por fortuna pude recoger su cuerpo inconsciente antes de que golpease el suelo. Ahora Julie descansa plácidamente en el sofá. Es como un angelito a punto de convertirse en un demonio ya que cuando despierte, aparte de un dolor de cabeza de impresión, tendrá unas inmensas ganas de encontrarme para hacerme Dios sabe qué. Y sé que lo hará tarde o temprano así que no tengo tiempo que perder. “Es por su bien”, me digo a mí mismo antes de salir de allí.

Guardo el dinero en mi vieja cartera de los AC/DC y me dirijo al Hospital Monte Sinaí. La línea express del metro neoyorquino me deja allí en escasos veinte minutos. Durante el viaje intento trazar un plan y a dos paradas del final de trayecto se me ocurre algo. En realidad lo único que hago es recordar una de mis series preferidas de la adolescencia: “El Equipo A”.

En este episodio yo seré Dirk Benedict, el apuesto actor que interpretaba a Fénix, y creo que tener la cara de William me ayudará a meterme en el papel de galán. Para mi padre queda reservado el papel del ‘Loco’ Murdock, al que daba vida Dwight Schultz, lo que convierte al hospital en nuestra particular institución mental. Tengo que sacar a mi padre de ahí y necesito una bata de médico y una silla de ruedas. Lo he visto hacer cientos de veces, no puede ser tan difícil.

Tardo algo más de cinco minutos en conseguir una bata y si quiero que todo salga bien tengo que ser mucho más rápido en sacar a mi padre de aquí. Espero que algo le haya sentado realmente mal, porque cuando vuelva del servicio puede que la doctora Monagham no tenga qué ponerse y se ponga nerviosa. Y, no nos engañemos, un tío con bata de mujer me convierte en el principal sospechoso.

    • Christoph, ¿eres tú?
    • Sí, papá, no hay tiempo que perder, súbete a la silla porque tenemos que salir de aquí ya.
    • ¿Tienes el dinero?
    • Sí.
    • Espera, tengo que despedirme de mi Jennifer.
    • No hay tiempo, de veras. Date prisa.
    • Hijo, ¿por qué hueles como la tía Marjorie?
    • No preguntes… cuidado con los pies.

Intento evitar a los policías y salimos por la puerta de urgencias aprovechando la entrada de un “varón afroamericano de veinte años herido de bala con múltiples hemorragias internas”. Por desgracia, M.A. Barracus no nos está esperando fuera con la furgoneta en ralentí.

    • ¿Y ahora qué, papá?
    • Necesitamos un coche rápido y una Uzi.
    • Oh no, joder, ¿qué piensas hacer?
    • Lo que debí hacer hace mucho tiempo.

Y, de repente, mi padre deja de ser Murdock para convertirse en el coronel Hannibal Smith. Y a mí, como a él, también “me encanta que los planes salgan bien".

WW: Capítulo 24, Grand Theft Auto: Walnuts stories 07/12/2009

    • Papá, ¿puedes explicarme para qué queremos una Uzi?
    • Sí, ya sé que es un arma poco precisa, pero en cambio tiene una cadencia de tiro de 600 balas por minuto. Y mírame, prácticamente no distingo tu rostro, podrías ser Bruce Willis y yo no me daría cuenta. Al menos con este subfusil me garantizo el poder acertar a alguien disparando a lo loco. O eso espero…
    • Y… ¿no hay otra forma de resolver esto?
    • Seguramente, pero hasta que se nos ocurra me siento más seguro con… ¡Cofff, cofff! …la Uzi. ¡Coffffff!
    • Papá, ¿estás bien?
    • Sí, esto es normal cuando has abandonado el hospital sin la medicación. Christoph, iré a peor, así que no perdamos más tiempo, tu hermano nos necesita. Mira qué suerte, acaba de llegar nuestro transporte.
    • ¿Qué?
    • Ahí.

Mi padre señala un Ford Mustang GT que acaba de aparcar en el otro extremo de la calle. Es de color amarillo y tiene esas dos rayas negras cruzando de un extremo a otro de la carrocería que tanto detesto. Por alguna extraña razón el viejo piensa que yo soy Tommy Vercetti y estamos jugando al Grand Theft Auto. Confieso que no sé cómo vamos a poder robarlo.

    • Sígueme el juego y haz como si no me conocieses.

Me quedo extrañado cuando mi padre comienza a cruzar Park Avenue con su silla de ruedas y me asusto cuando se deja caer en mitad de la calzada. Luego, cuando veo al propietario del Mustang acudir en su ayuda, empiezo a entender algo. Entonces, un par de personas más y yo nos acercamos a socorrerle y termino de ver la jugada en primera fila. Cuando nuestro buen samaritano ayuda a mi padre a levantarse, él aprovecha para sustraerle las llaves del coche. Es un truco de primero de carterista ejecutado con gran maestría.

Sin que nadie se dé cuenta, mi padre consigue darme las llaves y me susurra lo siguiente al oído: “15 minutos. Park Avenue con la 106”. Cuando termina el revuelo, mi padre se pierde calle arriba y yo espero a que todo se despeje para cometer un nuevo delito.

Trato de ser lo más discreto posible, pero es pisar levemente el acelerador y el coche se dispara. De 0 a 100 en cuatro segundos y medio. ¡Waaow!

Mi padre me espera en la esquina tal y como me dijo. Enfrente, un par de agentes piden la documentación a dos jóvenes de color. La suerte vuelve a sonreírnos ya que, aunque este cacharro no es el ideal si quieres pasar desapercibido y tarde un par de minutos en subir a mi padre al coche, no despertamos sus sospechas. Hay cosas que nunca cambiarán.

    • Es más bonito por dentro que por fuera, ¿no te parece?
    • Sí, precioso, y no es nuestro, no lo olvides. ¿A dónde…?
    • Sigue por Park, vamos al Zoo del Bronx. Conozco a alguien allí que puede saber el paradero de William. Y nos lo va a decir, vaya que sí, porque si no va a convertirse en deliciosa comida para cocodrilos. ¡Cofff, cooffff!

Me preocupa y me da miedo. Y pensar que es la misma persona que me arropaba cada noche…

    • Estoy bien, Christ… ¡Cofff! …toph, estoy bien. ¡Y písale chico, que pareces una abuela!

WW: Capítulo 25, el hijo de Kong 04/01/2010
    • Hola, estamos buscando a Juan Carlos Castellanos.
    • Mmm, déjenme ver… Sí, según el libro de tareas debería estar limpiando el foso de los cocodrilos del Nilo. Si no es así, vuelvan y le llamaremos por megafonía.

Hace años que no visito este lugar. Recuerdo que cuando éramos pequeños mis padres solían llevarnos al Zoo del Bronx por lo menos una vez al año. Para nosotros, ese día siempre era de los mejores. Por unas horas abandonábamos la jungla de asfalto que es Manhattan para adentrarnos en este maravilloso entorno natural lleno de animales. Y de todos ellos, mi preferido siempre ha sido el gorila. Aún me sigue impactando la gran similitud que existe entre sus movimientos y los de mi propio padre.

    • ¿No te dan nada de miedo, Charlie?
    • ¿Walnuts?

El tipo que limpia con dedicación este foso no medirá más de metro sesenta, es hispano y por la expresión de su rostro deduzco que no se moría de ganas por ver a mi padre.

    • Walnuts, tío, ¿qué… qué haces aquí?
    • ¿Recuerdas al pequeño Christoph?
    • ¿No? Bien, pues Christoph tiene un hermano llamado William y en estos momentos se encuentra en paradero desconocido. Por casualidad tú no… ¡Cofff! Sabrás dónde podemos encontrarle, ¿no?
    • ¿Yo? No, aquí tengo mucho trabajo y… además, hace tiempo que no sé nada de nadie.
    • Charlie, Charlie,… Si he venido hasta aquí es por dos razones. La primera es que estoy muy jodido, no tengo mucho tiempo y por eso recurro a ti. Sé que aún haces algunos trabajitos para McBrian y conoces a mucha gente de su círculo de confianza. Y la segunda es que me debes un gran favor por aquello de las chicas de Chinatown, ¿recuerdas? Así que, sé bueno, dime dónde tiene Trevor a mi hijo y nos marcharemos sin más. De lo contrario estos cocodrilos se van a pegar un buen festín.
    • Aunque quisieras no podrías, son tan inofensivos como un peluche.

Me impresiona como mi padre maneja la situación. Parece el mismísimo King Kong.

    • Charlie…
    • Sí, haré una llamada.
    • Una cosa más. Sé discreto, ¿quieres?

En estos momentos pienso en cómo estará mi hermano. Mi padre no para de repetirme que está bien, porque dice que a Trevor no le conviene hacer nada raro. Puede ser, pero lo que él no sabe es que él está sufriendo todo esto por mi culpa, y me quema por dentro. Y no me olvido de Julie, que ya se habrá despertado y me estará buscando. Tenemos que darnos prisa.

    • Agárrate, McBrian tiene oculto a tu hijo en los sótanos de la Estatua de la Libertad. Aún está vivo.
    • Y así va a seguir. Gracias por la información Charlie, sabía que estaba preguntando al tipo adecuado. Ahora cierra el pico y sigue limpiando esta pocilga. Estamos en paz, no me decepciones.

De vuelta al aparcamiento obligo a mi padre a dar un pequeño rodeo sin que se dé cuenta para visitar la jaula del gorila una vez más. Ahí está, majestuoso y tranquilo.

    • Vamos Christoph, no podemos detenernos. Cuando todo haya acabado prometo traeros de vuelta aquí como en los viejos tiempos.
    • Te tomo la palabra. Y tienes razón, tenemos un ferry que coger.

Sí, vamos, porque aunque se mueva en una silla de ruedas, no conviene cabrear a un gorila. Nueva York lo sabe muy bien.

WW: Capítulo 26, un viejo amor adolescente 18/01/2010

Liberty Island. No deja de resultar curioso que nos dirijamos allí en busca de la ansiada libertad de mi hermano.

    • ¿Confías en él?
    • Por supuesto que no. Creo que nos ha dicho la verdad, pero tiene tanto miedo que no dudará en avisar a quién paga sus facturas.
    • ¿Y qué vamos a hacer?

¡Briip! ¡Briiiip!

Mierda, es Julie. Seguro que ya está en camino. Sólo espero que no haya movilizado a toda la policía de Manhattan para encontrarme.

¡Briip! ¡Briiiip!

    • ¿No lo coges?
    • Nah, es un tío al que le debo pasta.
    • ¡Coff! ¡Coofff! ¿Aún sigues apostando por esos payasos?
    • Sólo de vez en cuando papá. Sé lo que piensas pero ya no es como antes, no te preocupes.
    • Hijo, a tu madre…
    • Basta. No es el momento de tener esta conversación.

¡Briip! ¡Bri…!

    • Tendremos que dejar la Uzi en el coche, tal y como están las cosas no nos conviene llamar la atención.
    • De eso nada.
    • ¿No?
    • No mientras a bordo del ferry viaje una persona en una silla de ruedas con doble fondo. Mira.
    • Desde luego estás en todo.
    • Saca los billetes mientras yo voy a comprar un par de perritos.

Durante el trayecto Julie vuelve a llamarme un par de veces más y me deja un breve mensaje en el contestador del teléfono: “Sé que tu padre está contigo y estáis buscando a William. Estoy muy preocupada y puedo seros de gran ayuda. Soy policía, ¿recuerdas? Por favor Christoph, llámame o coge el puto teléfono.”

La primera vez que visité la Estatua de la Libertad tenía siete años. Fue en una excursión de la escuela y aún recuerdo el impacto que me causó. Confieso que cuando solía mirarla desde la bahía no me parecía gran cosa pero cuando la tuve a escasos metros me cautivó. Desde abajo se alzaba majestuosa e imponente y, a pesar de su color verdoso producto del óxido, parecía resplandeciente como el mismísimo sol. Hoy ya han pasado algunos años pero me sigue impresionando como el primer día.

    • Dinos preciosa, ¿dónde está William?

WW: Capítulo 27, un rabino, una dama y una ganzúa 25/01/2010

Hace años que no se puede acceder al interior de la Estatua de la Libertad por motivos de seguridad, por lo que nos toca cometer un nuevo delito. Y esta vez no me preocupa que nos detenga la policía, porque esta vez atentamos contra la Seguridad Nacional. Y eso son palabras mayores.

    • ¿Alguna idea, papá?
    • Sí, sólo si sabes forzar cerraduras.
    • Bueno, he forzado alguna que otra puerta, sí.
    • Bien, cuando hemos rodeado la estatua he visto una discreta entrada en la parte de atrás. Hay un vigilante, pero no me costará mucho distraerle.
    • ¿Le enseñarás tu estupendo escote o te dejarás caer otra vez?
    • Ya me las apañaré, quizá le deje ver mis delicadas e inútiles piernas. Y mientras lo hago, tú te colarás dentro.
    • Parece fácil, pero, ¿estás seguro de que no has visto a ningún hombre de McBrian? Es todo muy extraño.
    • No, aunque, y ahora no mires, el rabino que tenemos justo detrás no ha dejado de seguirnos desde Battery Park.

Seguimos andando y aprovecho un descuido para fijarme en el susodicho. No hay duda, es la primera vez que le veo, y no entiendo cómo se me pudo pasar un tipo tan pintoresco. A simple vista, no es el típico rabino. Bajo ese largo abrigo negro, se intuye un cuerpo moldeado en el gimnasio que no parece dedicar mucho tiempo a la oración. Huele raro.

    • Es el momento, ahora está todo tranquilo. Recuerda, cuando doblemos la esquina tendrás un par de minutos para colarte dentro. Yo te seguiré en cuánto pueda. ¡Cof, Cooofff!

Admiro el esfuerzo sobrehumano que está haciendo mi padre pero me preocupa su estado de salud. Quizá deba arriesgarme y llamar a Julie. O quizá deba sacar mi ganzúa y ponerme a trabajar. No sé cómo lo ha hecho pero el vigilante está acompañando a mi padre hacia alguna parte. Me toca.

Por fin un pequeño golpe de suerte, la puerta está abierta y no necesito jugármela con la ganzúa. Lo primero que me encuentro son unas escaleras que bajan a un nivel inferior. Todo está en silencio y muy mal iluminado pero distingo una puerta con el letrero de ‘Sótano C’. Cuando intento abrirla me doy cuenta de que está cerrada por lo que saco la ganzúa y me pongo a forzarla.

No llevo ni un par de intentos cuando escucho un ligero ruido a mi espalda. En un primer momento creo que es mi padre, pero me doy cuenta demasiado tarde de la imposibilidad que tiene para bajar esas escaleras en su estado. Mi lentitud de reflejos es recompensada con una dolorosa patada rabina. ¡Zas!

No hay mucho espacio pero consigo revolverme y obsequiarle con un par de buenos puñetazos en el estómago marca de la casa. Él tiene los abdominales que a mí siempre me faltarán, por eso cuando él me los devuelve caigo como una roca. No es la primera vez que me peleo y, aunque el dolor es intenso, aprovecho para utilizar todas las artimañas que he aprendido en los pubs irlandeses de esta ciudad. Para ejecutar el cabezazo en los genitales has de estar de rodillas, como yo ahora mismo, y debes endurecer el cuello para no sufrir lesiones. No olvides golpear con la parte de arriba del cráneo, nunca con la frente. Bien ejecutado es tremendamente doloroso y te da unos segundos extra para rematar al tipo con el famoso pateo a lo Joe Montana, terminando siempre con la pierna muy arriba. Cuando el tipo esté indefenso en el suelo, sírvete de un objeto punzante para amenazarle, robarle la cartera o interrogarle, como me dispongo a hacer con mi ganzúa ahora mismo.

    • ¿Qué quieres y quién te envía?

Creo que me excedí con la ‘patada Montana’ porque el tipo no puede articular palabra pero, sin embargo, se señala una y otra vez el bolsillo interior del abrigo. Le cacheo y obtengo una nota que responde a mis dos preguntas anteriores:

    • ¡¿William?!
    • Estoy aquí abajo, papá.
    • ¿Has encontrado a tu hermano?
    • Mmm, casi. En realidad ha sido McBrian quién nos ha encontrado a nosotros. Creo que el último cuarto del partido lo jugamos en el Madison.
    • Perfecto.
    • ¿Por qué?
    • Tenemos casi un día entero de tiempo muerto para preparar la ofensiva y el público está de nuestro lado, no se puede pedir más. Ahora sube y salgamos de aquí, queda muy poco para que zarpe el último ferry.

La miro por última vez antes de abandonar Liberty Island y me deja una sensación agridulce. Si me olvido de aquel travesti de Moore’s, es la primera vez que una chica me enseña lo que hay debajo de su falda y no me gusta.

    • Papá, he pegado a un rabino.
    • ¿Desde cuándo eres antisemita?

WW: Capítulo 28, Justicia Callejera 15/02/2010

Consigo convencer a mi padre para alojarnos en el Hotel Pennsylvania, en el 401 de la 7th avenida, a 50 metros de Penn Station. Un bonito edificio situado justo enfrente del pabellón de los Knicks. Venir aquí no es ningún capricho, simplemente ir a cualquiera de nuestras casas sería demasiado arriesgado. Aquí ganaremos tiempo, y no es algo que nos sobre viendo el cada vez más delicado estado de salud en que se encuentra mi padre.

    • Una habitación doble con vistas al Madison, por favor.
    • Veamos… Ahá, la 412, en la cuarta planta. Lo siento, no me queda nada más abajo con vistas al pabellón. Pero no se preocupen por la silla de ruedas porque justo allí enfrente tienen los ascensores. Para cualquier cosa, cualquier problema, no duden en avisarnos. Que disfruten de su estancia señores Bronson.

“Nada de Walnuts, ¿me oyes?”. Lo de cambiarnos el apellido es idea de mi padre en su obsesión por cuidar hasta el último  detalle. Sin embargo, todo lo que nos ha pasado me hace sospechar que alguien vigila todos nuestros movimientos y que estas precauciones son del todo inútiles. Por suerte o por desgracia ya queda menos para averiguar si estoy en lo cierto o no.

    • Charles Bronson, el actor. ¿No sabes quién es, muchacho? Doce del Patíbulo, La Gran Evasión, Apache, Los Siete Magníficos,… ¡si hasta nació en Pennsylvania!
    • Ni idea. Yo siempre fui más de John Wayne.

La habitación no es ninguna maravilla pero cumple todos los requisitos: un par de camas, televisión por cable, espacio para moverse con la silla y vistas al pabellón.

    • Christoph, voy a necesitar que bajes a comprarme unas medicinas. Dame ese papel y el bolígrafo que tienes a tu espalda.
    • Claro, también subiré algo de comer. Me ha parecido ver un Sbarro justo al lado del hotel.
    • Trae unas porciones de pizza y un par de refrescos. Ya sabes, nada de anchoas y doble de carne.

Dejo a mi padre descansando unos minutos y voy a hacer los recados. Cuando salgo del hotel marco el número de Julie  pero de inmediato me arrepiento y cuelgo antes de que suene el segundo tono. Cuando salgo de la farmacia ella me devuelve la llamada pero no contesto. ¿Qué le voy a decir? Siento lo que te hice. Por cierto, tu novio, mi hermano y mi familia somos unos delincuentes, ¿lo sabías? ¿Nos ayudas? Nah, ya habrá tiempo de explicarse cuando todo haya acabado.

    • ¿Papá? ¿¡Papá?!

Mi padre está tendido en la cama y no responde a mis gritos. Me asusto y decido darle un par de bofetadas para reanimarle. Milagrosamente surte efecto.

    • ¿Pero qué haces, idiota?
    • Papá, yo creía…
    • ¿Que me había muerto? ¿Y pensabas resucitarme con esos golpes? Por el amor de Dios… No, encontré estos tapones para los oídos y decidí echarme un rato sin ser molestado. Son geniales para el ruido pero no hacen nada contra tus frenéticas caricias.
    • Ah, que susto me has dado.
    • ¿Sabes una cosa? Cuando desperté y te tuve tan cerca me pareció estar viendo la cara de tu mismísimo hermano.
    • Eso son las ganas que tienes de verlo. Ven, vamos a cenar.
    • ¿Has traído las medicinas?
    • Sí, y no son precisamente baratas.
    • Sí, ya sé que no pueden compararse con tus económicos y “peculiares” métodos de reanimación cardíaca, Christoph.

Me río. El viejo consigue arrancarme una carcajada. Y entonces me acuerdo de los buenos tiempos, de las vacaciones, de la licorería. Y me acuerdo de mamá, de mi hermano, de Julie, de Queens, del lago. Contemplo su admirable valentía y su enternecedora debilidad. Y le abrazo.

Mientras cenamos, el señor Walnuts me habla de Charles Bronson y de sus películas con gran pasión. La casualidad hace que en uno de los canales cojamos empezada una de ellas, “Justicia Callejera”. Una imagen vale más que mil palabras.

    • Vamos papá, tienes que descansar, mañana será un día duro. Yo voy a ver un rato la televi… (¡Zap!)

* * * * * * * * * Horas más tarde * * * * * * * * *

La nebulosa hace que tarde unos segundos en distinguir la hora correctamente. Otros segundos más para situarme espacialmente y un par de segundos extra para que mi cabeza vuelva a su sitio. Son las 20:38, he dormido casi un día entero, estoy en una habitación de hotel y mi padre debería estar aquí conmigo. No hace falta detenerme a busca una explicación coherente a todo esto ya que lo tengo apuntado con su letra en una cuartilla: en la lista de medicinas hay un potente somnífero. Ahora me doy cuenta. Estoy desconcertado y furioso. Ahora sé como debió sentirse Julie.

Seguramente me administró una alta dosis en el refresco de la cena. Maldito cabronazo. Muy bien, ahora además de tener que rescatar a mi hermano tengo que impedir que actúe por su cuenta un mermado imitador de Charles Bronson. Joder, me han dado un papel secundario en esta adaptación que ahora protagoniza mi padre. Y es que ahí fuera William Walnuts senior está buscando su propia ‘Justicia Callejera’.

 

William Walnuts, Copyright © 2010, Alberto Ballester