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Testimonio de un trozo de caucho
La triste soledad de la pelota descartada 15/04/2010

"¿Qué tienen ellas que no tenga yo? Lo repaso una y otra vez y no logro entenderlo, os lo juro. ¿De qué depende? ¿Qué es lo que no les gusta de mí? Nos hacen creer que cuando salimos del bote todas somos iguales… ¿Pero entonces por qué siempre me descartan a mí? He estado en los campeonatos más importantes, incluso he completado el Grand Slam en un par de ocasiones. Rafa Nadal me manoseó en el pasado Roland Garros e incluso por un momento pensé que… ¿Y Roger? ¿Qué puedo decir de él? Él te rechaza, sí, pero lo hace con la sutileza propia de los grandes campeones (y él es de los más grandes). En serio, trato de no venirme abajo, pero no es fácil cuando ves que ni siquiera vales para el primer servicio del número 133 del ranking de la ATP. Y para colmo mis compañeras se burlan una y otra vez de mí a la menor ocasión.

En cada partido se repite la misma historia. Los recogepelotas nos lanzan a las tres: “A mí, a mí, por favor…” les repito con insistencia a modo de súplica. Pongo mi mejor cara tratando de hacerles ver que nadie como yo para besar la línea. Nadie como yo para cerrar el set. Pero el desenlace siempre es el mismo, “tú te quedas fuera”. Y de nuevo vuelvo a las manos de un imberbe chiquillo, de espaldas al juego, esperando el siguiente punto, la que podría ser mi gran oportunidad..."

Testimonio de un trozo de malla
La dolorosa rutina de la red de tenis 19/04/2010

"Temida y odiada a partes iguales, desde el primer punto hasta el último. Así es la historia de mi vida y así paso los días. Siempre en tensión, preparándome para el próximo golpe y esperando que no se convierta en un nuevo castigo. El momento del saque es especialmente tenso y los buenos sacadores son mi peor pesadilla. Sé que ellos tratan de superarme en cada servicio pero no podéis imaginar lo doloroso que es recibir un pelotazo a más de doscientos kilómetros por hora. No, no lo imagináis, creedme. Luego, con la pelota en juego, todo es más imprevisible aunque igualmente doloroso. Los hay que siempre me piden perdón cuando me golpean y yo les ayudo dejando caer la bola en campo contrario. Pero yo sé que no se arrepienten de nada porque, aunque educadamente levantan su mano, enseguida bajan la cabeza pensando en la suerte que han tenido, solo eso. Y así un punto tras otro, un set tras otro, un partido tras otro. La rutina del dolor.

Pero… ¿sabéis una cosa? Todos los días sueño con lo mismo, “el partido perfecto”, ese en el que son otros quienes deciden los puntos. Ese en el que los jugadores me sobrepasan una y otra vez. Ese en el que mi cinta blanca no decide de qué lado cae la moneda. Un partido de buenos primeros y mejores segundos. Y si cada día salgo a la pista con esta sonrisa de más de diez metros de largo es porque tengo la esperanza de que ese sueño se convierta en realidad. Y sé que ese día no está lejos. ¿Y si fuera hoy?"

Testimonio de un trozo de fibra de carbono
Acordes y desacuerdos, la realidad del tenista y su raqueta 09/05/2010

"Un matrimonio perfecto. Sin mí no eres nada y sin ti mi vida no tiene sentido. Soy parte de ti, una prolongación de tu brazo, eres mi razón para existir. Cada partido tenso mi mejor cordaje para que tú golpees la bola lo más cómodo posible. Sentir tu calor y tu sudor en cada punto es el sexo de los casados. Juntos buscamos el siguiente punto ganador, un nueva ‘ace’, ese tiro defensivo, el mejor resto, el ‘passing shot’ definitivo. Oh sí, somos un equipo. Somos los mejores. Cuarenta a nada.

Y entonces… esa bola que se va al pasillo descubre nuestras miserias. “Solo es un break” pienso. “Juntos podemos levantar esto. Tú y yo, ¿recuerdas? Como en los viejos tiempos”. Pero ya no hay pasión, ya no hay magia. Solo malas caras, ceños fruncidos, gritos, reproches y un vacío en el sofá. Ya no me tocas como antes, yo tengo la culpa de todo, como de no llegar a esas ‘bolas fáciles’. Y cuando en el quinto juego del segundo set pierdes la cabeza y me golpeas violentamente contra la tierra batida noto que algo se rompe definitivamente. Y no hablo de mi endeble arco de fibra de carbono, no, me refiero a nuestra conexión, a nuestro matrimonio.

Y todo acaba. Vuelvo entonces a la oscuridad de esa bolsa, magullada, dolorida, sollozando y pensando en todo lo que hicimos mal. “Te odio, lo echaste todo a perder, imbécil. Quiero el divorcio, ojalá no te hubiese conocido”. Me altero, me desmayo y sueño con aquel ‘match point’ de la final del Masters. Sin duda nuestro mejor momento. El matrimonio perfecto. Ojalá durase para siempre."