Testimonio de un trozo de fibra de carbono
Acordes y desacuerdos, la realidad del tenista y su raqueta 09/05/2010

"Un matrimonio perfecto. Sin mí no eres nada y sin ti mi vida no tiene sentido. Soy parte de ti, una prolongación de tu brazo, eres mi razón para existir. Cada partido tenso mi mejor cordaje para que tú golpees la bola lo más cómodo posible. Sentir tu calor y tu sudor en cada punto es el sexo de los casados. Juntos buscamos el siguiente punto ganador, un nueva ‘ace’, ese tiro defensivo, el mejor resto, el ‘passing shot’ definitivo. Oh sí, somos un equipo. Somos los mejores. Cuarenta a nada.
Y entonces… esa bola que se va al pasillo descubre nuestras miserias. “Solo es un break” pienso. “Juntos podemos levantar esto. Tú y yo, ¿recuerdas? Como en los viejos tiempos”. Pero ya no hay pasión, ya no hay magia. Solo malas caras, ceños fruncidos, gritos, reproches y un vacío en el sofá. Ya no me tocas como antes, yo tengo la culpa de todo, como de no llegar a esas ‘bolas fáciles’. Y cuando en el quinto juego del segundo set pierdes la cabeza y me golpeas violentamente contra la tierra batida noto que algo se rompe definitivamente. Y no hablo de mi endeble arco de fibra de carbono, no, me refiero a nuestra conexión, a nuestro matrimonio.
Y todo acaba. Vuelvo entonces a la oscuridad de esa bolsa, magullada, dolorida, sollozando y pensando en todo lo que hicimos mal. “Te odio, lo echaste todo a perder, imbécil. Quiero el divorcio, ojalá no te hubiese conocido”. Me altero, me desmayo y sueño con aquel ‘match point’ de la final del Masters. Sin duda nuestro mejor momento. El matrimonio perfecto. Ojalá durase para siempre." |